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Primeira pessoa do singular: Sandra

Glória Damasceno

É uma das, muitas!, pessoas que não está na deselegante lista das 100 personalidades mais influentes do mundo, segundo a Forbes. Outro dia sonhou que era esposa do Jon Bon Jovi e acredita que isso é prenúncio para essa vida, ou para a próxima. Sabe-se lá. Escreve também, quando quer, no blog Apenas uma Fresta.

Últimos textos de Glória Damasceno (veja todos)

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Más que un encuentro de dos vidas, dos seres llenos de humanidad, dos mujeres de épocas y rincones distintos, mi invitación a comer algo rico y compartir su historia fue como una boda entre el español y el portugués, después de las clases de inglés (algo que ella quería aprender a los 19 años).

Aunque suenen parecidos, hay un montón de sonidos, consonantes y miradas que nos hacen diferentes, como todas las personas al final. Y eso es apasionante. Al escuchar a lo largo de casi dos horas a Sandra Jiménez Torres (42) me vi por un rato en el espejo. Lloramos juntas y nos escribimos también. Ella, con todas sus palabras.  Eu, com meus olhos de profundo respeito e silêncio. Na primeira pessoa do singular: Sandra.

*

Crecí en San José, la capital de mí país Costa Rica. Fuimos una familia disfuncional, compuesta por tres chicas (mi hermana mayor, Victoria, mi hermana mejor, Andrea, y yo que fui la hija del medio), mi incansable mamá y mi muy trabajador papá. Abogada de profesión y con un cargo para el gobierno de mi país, digo que fuimos disfuncionales por los problemas de alcoholismo de mi papá, lo que muchas veces nos llevó a refugiarnos siendo niñas debajo de la cama: el lugar más seguro para estar en esos momentos. Aquel lugar donde nada podía alcanzar nuestros cuerpos. A pesar de ello fue un hombre responsable y que intento hacer su mejor esfuerzo como padre con los pocos recursos emocionales que tenía. Alrededor, y en cada fragmento de mi interioridad, todo se desmoronaba.

Por su parte, mi mamá, Rita, siempre trataba de interponerse entre él y nosotras para defendernos. Ella siempre luchó por nosotras y decía: “ustedes tienen que estudiar para salir adelante y nunca pasar por lo mismo que yo estoy pasando”. Ella como mujer agredida verbalmente por años y físicamente amenaza con cuchillos o pistola, creía que nada podía hacer, si no seguir con él; pensaba que si lo dejaba, nosotras pasaríamos necesidades.

El era dueño de una panadería, y sus aspiraciones para nosotras era que trabajáramos para él. Tenía un concepto bajo de las mujeres y frecuentemente nos recordaba: “ustedes no sirven para nada!” Además, tampoco quería que estudiáramos.

Pero sin embargo, mi mamá no estaba de acuerdo con eso y nos apoyó para que nos dedicarmos a estudiar, esfuerzo que hicimos todas,  por tratar de demostrar que él no tenía razón en lo que decía. Tontamente… Yo no tenía que probarle nada! Ahora comprendo que todo lo que hice lo deberia haber hecho por mí, no para demostrar nada a nadie, pero la madurez del momento no permitía otra cosa.

Tuve el privilegio de ser madre y hoy con tres angelitos al lado de Dios puedo decir que fue una de las experiencias más maravillosa de mi vida.

En retrospectiva, recuerdo algunas memorias del pasado que me ayudaron a consolidar la personas que soy hoy, que son aquellas experiencias que sin más, te forman el carácter y de dan la gallardía para pararte y hacerle frente a la vida desde una perspectiva más fuerte como ser humano.  Tal es el caso de aquel día, cuando como ola del mar,  vi llegar a mis pies las verduras de una deliciosa sopa que mi madre recién había hecho.  Mi  padre en un desatinado acto de desespero y mal manejo de sus impulsos, había lanzado al piso luego de descubrir que su plato servido en la mesa estaba frío, producto de que mi madre lo había servido mucho tiempo antes de que él llegara a la mesa, esto porque desatendió el llamado que ella le hiciera previamente.  Ese día comprendí que hay situaciones en la vida que no son negociables y a las cuales hay que poner límites y muchas veces un punto final.

Fue ese el momento, cuando prematuramente tome la dirección de mi familia, a mis escasos 14 años de edad, en un acto suicida, decidí confrontar a mi padre con sus actos, sabiendo que todo podía ocurrir.  Un segundo después, estaba de rodillas en el en suelo mojado de sopa. El mismo suelo helado al que un montón de veces su inhumanidad me tiró. Al llorar sobre mis pies, creo que vio en quien me estaba convirtiendo. Esa fue mi repuesta a todos los años de opresión. “Yo doy las órdenes. Acá nadie grita, nadie llega borracho y nadie agrede a nadie!” Esta fue la última vez que algo así sucedió entre los muros en ruinas del alma de mi familia.

El moriría, dos años después que mi hijo falleciera, mayor producto de una depresión severa que le provocó el fallecimiento de nuestro amado Sergio.  Fueron muy unidos siempre, dado que hasta sus cinco años de edad vivimos juntos en la misma casa.  Y después de eso, todos los días, mientras yo estaba trabajando, él se quedaba algunas horas con mis padres. Al final de sus días lo perdonamos y cuidamos de él, aunque no había mérito para ello, porque los golpes físicas y emocionales recibidos habían dejado huellas imborrables en los miembros de la familia.

La verdad… Siento que mi padre murió en vida, porque cuando cerró los ojos por última vez ya no estaba aquí.

*

Desde ese día, asumí responsabilidades en mi familia que no me correspondían,  como ver mi hermana pequeña, Andrea, a quien amo como una hija.  Pocos años después asumí la responsabilidad financiera de mi familia.  Había momentos en los que no quería volver a casa.  Estaba cansada de luchar. El mundo de allá a fuera era el cielo.

A los 18 años, comencé la facultad de Derecho y a trabajar. Yo pagaba mis estudios. Mi padre nunca me tuvo que dar un colón para la universidad, pues no deseaba que al final me terminara por sacar en cara como a mi hermana mayor.

A los 21, sorpresivamente me dediqué a ser mamá. Ser madre me hizo redefinir mi camino, porque esperaba con ansias aplicar para una beca para poder viajar a los Estados Unidos a estudiar inglés,  justo en ese momento de mi recorrido.

Al mismo tiempo, luchaba con un ambiente hostil en la oficina producto de un jefe machista que me gritaba y trataba mal y por el acoso sexual de muchos otros.  Al llorar, me decía a mí misma: “No puedo creer que me fui de un hogar, para meterme en esto!”

No obstante, ahí también encontré el amor de mi vida. Creo que siempre hay ese alguien en la vida de toda personas, ese que cuando lo piensas, aún muchos años despué,s tu corazón todavía palpita como la primera vez que lo viste.  Idilio romántico que duró muy poco, pero que jamás olvidaré.  La inmadurez, la falta de estima personal y de identidad, me sumió en los más vandálicos actos que contra un amor se pueden tener, lo que al final terminó con mi relación al romper su corazón, aquel que tanto amaba y terminó con parte de mi vida, que se desmoronó en ese lugar.

Luego de eso, busque ayuda profesional para entender el campo de batalla de mi mente. Fue cuando entendí que… Con mis pocos recursos emocionales y mi lacerada autoestima, qué iba a hacer aparte de cometer errores?

Pero el infierno apenas empezaba, cometí otro acto suicida quedándome con el padre de mi hijo, por falta de recursos emocionales para poner fin situaciones completa y abiertamente irregulares.  Los tres o cuatro años más largos de mi vida.  No llegué a casarme con él, porque ya estaba casado y supuestamente separado de su mujer, lo que años después descubrí era una mentira. Artificios que cada día fueron más y más grandes, mentiras iban y venían todo el tiempo pintadas de colores y con diferentes sabores, había para todos los gustos.  Pero eso lo descubrí años después, cuando finalmente el artificio se le cayó en pedazos en frente de su nariz. Me engañó a mí, probablemente a su esposa y a ambas familias… Involucró a todos en una red de mentiras.

Finalmente, el día del rescate estaba cerca. Una mujer se contactó para decir que estaba embarazada de el. Outra! Intenté dejarlo muchas veces, iba a terapia para poder hacerlo, pero él siempre me ganaba diciendo que iba a quitarme a mí hijo legalmente.  Así que luego de que la mujer me llamara decidí confrontarlo.  Ese día compredí la trascendencia de preguntar, que para hacerlo hay que estar preparado para recibir hasta las respuestas menos esperadas.  Lo que él me respondió no me lo esperaba. Era esa maraña de mentiras que hablé líneas atrás.  La verdad era horrible una realidad que a pedazos me destrozó por completo. Nuestro hijo, Sergio, tendría si mas no recuerdo, casi cuatro años cuando pasó todo esto. Pensé que ese era el final del calvario, pero no acabó ahí, sino hasta que en el últimos de sus respiros, casi diez años después con la muerte de la persona que más amé y sigo amando: meu filho.

*

A los 10 años, Sergio me dijo que su maletín le pesaba mucho y que le dolía la espalda. “Hijo, no quieres ir al colegio?” Él nunca mentía. Era un niño honesto. Desde ahí empecé a observarlo y lo llevé al médico para hacerlo ver. Mi corazón de madre estaba roto con las palabras más tristes del mundo: cáncer de huesos.

A mi niño le diagnosticaron con “Sarcoma de Ewing”. El médico me preguntó se Sergio había sufrido un accidente de tránsito, porque tenía lesiones en su columna vertebral compatibles con una fatalidad de esa severidad. Tres vértebras se habían pulverizado. Cómo decirle a mi hijo?

El tratamiento duró cinco años. Mi hijo estaba siendo corroído por una enfermedad y yo no podía hacer absolutamente nada para cambiar su realidad. Es una desazón en el cuerpo…Tuve que aprender simplemente sentarme en su cama, al lado y esperar. Esperé cinco largos años con cirugías y transplante… Le hicieron un transplante autólogo de médula osea, porque su médula estaba tan cansada que la sacaron, la pusieron en un laboratorio, la reprodujeron y la volvieron a poner en mi niño.

A pesar de eso, Sergio estaba enfermo del cuerpo, pero nunca de la mente mente. Lúcido como nadie, él me enseño que todo era un proceso de fé. La perdí muchas veces… Hubo momentos en que preguntaba a mí misma: “Dónde estás, Dios?” Y Sergio me decía: “Mamá, tienes que estar tranquila. Todo va a salir bien. El señor tiene todo bajo control, no te preocupes! Él tiene un propósito para mí”.  Sus palabras rasgaban mi alma.

Creo que fui suficientemente sólida en el transcurso de los seis meses después que mi hijo falleció. Hasta que un día me senté en la terraza de mi casa y pensé: “Qué hago? Cuando una mamá se dedica a estudiar y trabajar pensando en darle un futuro a sus hijos, qué se hace cuando ya no se tienen? Nadie necesita nada de mí.”  Este segundo fue el único día en pensé quitarme la vida.

“No quiero vivir más”, me dije a mí misma. Pero al pensar lo que haría con mi madre, el dolor  que le provocaría y en todo lo que me había dicho Sergio… Le pedí perdón a Dios.  Su amor y misericordia salvaron mi vida.

“Fue un tiempo en que la fe me probó en altas temperaturas”. Todas las cosas que me importaban ya no me importaban.  Entonces entregué mi vida a Dios de una manera diferente, pues había servido al Señor muchos años antes, pero en este momento de crisis, mi relación con Dios fue más cercana. Descrubrí al Jesus viviente. A partir de ahí, empecé desde cero nuevamente. Hice una lista de cosas que quería alcanzar.

La enfermedad no viene de Dios, pero él la usa para sacar algo bueno de nosotros. Resiliencia se volvió mi himno.

*

A los nueve años de Sergio, me casé con Alex: un amigo de muchos años. Uno se pregunta: “Y por qué no podemos estar juntos?”

Un año después de la muerte de Sergio, quedé embarazada por tercera vez. La segunda vez, lo había perdido a inicios de la gestación y el último se interrumpió a los cinco meses de embarazo por problemas renales.  Solo Dios sabe todas las cosas… Si esa niña hubiera nacido enferma, yo no lo habría podido  soportar.

*

Alex y yo nunca estuvimos enamorados el uno del otro, creo que creció entre nosotros un amor fraterno como hermanos, nos aprendimos a querer tantísimo hasta el día de hoy. Él amó a mi hijo como si fuera nuestro.  Nunca terminaré de agradecerle su esfuerzo y entrega por ese muchacho.  A pesar de estar, éramos bien diferentes. La decisión de divorciarnos, además de haber cuidado, sufrido y amado Sergio como suyo, fue un acto de amor.

*

Uno de los propósitos que Sandra retomó fue aprender inglés. “Por eso he venido a este país. Quiero mejorar mis oportunidades como profesional.”  Es decir, pasos  que sueñan con una razón para seguir viviendo. No sólo sobreviviendo, sino decidida a estar feliz. Todos los días.

Os acordes de Afrísio e Alcina

Glória Damasceno

É uma das, muitas!, pessoas que não está na deselegante lista das 100 personalidades mais influentes do mundo, segundo a Forbes. Outro dia sonhou que era esposa do Jon Bon Jovi e acredita que isso é prenúncio para essa vida, ou para a próxima. Sabe-se lá. Escreve também, quando quer, no blog Apenas uma Fresta.

Últimos textos de Glória Damasceno (veja todos)

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Dona Alcina Acácio e Seu Afrísio Acácio, frame do documentário Segunda-feira, de Leandro Alves.

Em cada canto deste mundão de meu Deus, sou chamada de um jeito. Antes de ser batizada com o nome de “Acordeon” pelo criador que me aprumou, minha graça era “Cheng”, lá nos primórdios do meu nascimento, há cerca de cinco mil anos, quando eu não passava de uma invenção primitiva da China feita de recipiente de ar, canudo de sopro e tubos de bambu.

Ao desembarcar da Alemanha aqui no Brasil, na década de 50, se não me falhe a memória musical!, fiquei conhecida no sul do país como “cordeona de oito baixos”, “gaita-ponto” ou “gaita de duas conversas” por causa da minha bi sonoridade. Quando o tocador abre um fole, sai uma nota. Quando ele fecha, outra. É bonito demais!

Além disso, posso ser diatônica ou cromática. No primeiro, apresento botões em ambos os lados. E posso ser de “baixo solto”, que torna possível a formação de notas mais sofisticadas. A mudernidade tem dado o tom de alguns acordes em mim!

No Nordeste brasileiro, onde especialmente o povo “aria a fivela”, também atendo por “fole de oito baixos”, “concertina”, “realejo”, “harmônica” ou “pé-de-bode”. É nome que não acaba mais, hômi! Mas o que eu mais gosto mermu é “sanfona”. Esse todo mundo sabe de cor, quer dizer!, de letra!

Tal qual o fluxo de ar impulsionado pelo fole em minhas paredes de madeira vibrante, eu também já dei um empurrãozinho na vida de sacrifícios e contentamento de muita gente. Dentre tantos poetas, cantadores, vaqueiros e demais artistas que dedilham seu tempo e sua história por meio de meus botões, hoje quero prosear sobre o menino que foi registrado em cartório onde antes era o povoado de Campo Grande, no município de São Braz, à beira do valente Rio São Francisco, em Alagoas. Campo Grande há um bocado de tempo apartou-se de São Braz pra ser ele também uma cidade.

Mas foi na era de lugarejo, em 1949, que Afrísio Acácio se chegou por aqui – o filho mais velho de uma prole de cinco hômi e três mulé por parte de mãe, sem contar os rebentos semeados por seu pai interiores a fora. Afrísio diz que isso é uma “virtude do homem” e que “Deus o fez assim pra que ele use, mas não abuse”. O traquina ri com gosto quando levanta a suspeita de também ter espalhado menino no mei do mundo. Vê se pode!

Dos 66 anos de idade, aproximadamente 50 são dedicados aos versos do meu fole. Mestre Afrísio Acácio do Acordeon já fez muita coisa, dentre elas três filhos-menino com Dona Alcina Acácio, sua nega desde os 22 anos de garoto apaixonado, como inté hoje. Só de me alembrar do dia em que ele conheceu Alcina, meu peito de teclas e melodia se alumia de poesia. Repare só…

Todo melado de poeira vermelha, lá vinha Afrísio e eu de um forró perto de onde morava Dona Alcina, e onde ele tinha tocado a noite inteira. Ela, aos 18 anos e uma blusinha de babado lateral, toda baixinha, sorridente como nunca deixou de ser, tinha como companhia de estrada uma de suas irmãs.

As moças formosas estavam indo a cidade de Arapiraca fazer compras. Mas, no meio do caminho, havia dois rapazes e por um acaso certeiro do destino, Afrísio – montado em um burrinho – era um deles e quando a encontrou, naquele minuto em que só se ouve o tum-tum aperriado do coração, ele soube que aquela morena seria o seu amor. Amolaram um tiquinho de conversa e pronto! Ela já era a menina de seus pensamentos dali em diante.

Pouco tempo depois desse dia, Afrísio teve que viajar para São Paulo e só voltou a sua cidade natal depois de um longo e amargoso ano. Chegou a escrever para a mãe dele querendo saber notícias de Alcina. Mas a mãe de nada sabia. O medo dele era chegar ao Nordeste e ela ter casado com outro. Êta judiação! Mas para alegria de nossas letras e canções, Alcina estava solteira e na primeira oportunidade Afrísio, quando a encontrou na beira da linha do trem, num dia desses de feira, enquanto as rodas aqueciam os trilhos, sentou com ela numas cadeirinhas de estação ferroviária, deu um cheiro no rostinho dela… Aí ela ficou rosada, contente! Oito meses depois, entre tempo de conquista e namoro, casaram-se.

Como eu sanfonei de alegria! Eles casaram justo no dia que tinha uma Santa Missão. A praça estava lotada de gente. O padre Hildebrando foi quem celebrou no palco, inclusive, nossa união. Pra todo mundo ver! Até hoje, 44 anos depois, nunca aconteceu coisa igual, ou parecida. E a gente passou a noite forrozeando na fazenda do pai de Dona Alcina ao toque de outras sanfonas satisfeitas, como eu.

E por falar em satisfação, guardo na lembrança das digitais de meu teclado o dia em que Afrísio me ganhou pela primeira vez. Ele já não era mais o menino que tomava banho nos açudes, que pescava no riacho cheio, que dava uns pinotes bons danados e “tucaiava” o gado, quando trocou uma bicicleta Caloi por mim. Afrísio tinha 17 anos e escutava muito rádio, aqueles programas ao vivo, o Josa – Vaqueiro do Sertão. O pai dele, um dos fazendeiros mais importantes da região, teria ficado muito bravo, se a astúcia de Afrísio não tivesse atinado!

Ao chegar comigo montado em seu cavalo, o pai, que para sua sorte estava na varanda da fazenda, olhou pra ele e disse: “Que é isso aí?” Ele disse que era eu, uma sanfona. E os olhos alumiando tudo por dentro. “Comprou onde? Que negócio ocê fez?” No tempo de Afrísio, filho tinha que dizer todos os detalhes, dar todas as explicações, dizer qual era a origem das coisas. E lá em casa não podia nem vender, nem trocar, nem fazer negócio nenhum com as novilhas que os filhos ganhavam a cada idade nova! Quando o menino tinha 10 anos, por exemplo, tinha 10 vacas. Mas só podia negociar, quando casava, que era quando se emancipava e podia mandar no que tinha. Mas antes num podia, a não ser que o negócio fosse entre os irmãos, porque se tivesse prejuízo, era na família.

Apesar de ter temido o desmanche do negócio, Afrísio contou sem titubear muito que eu, na época era de 48 baixos, fora resultado de uma troca com o Sabino, que não era sequer primo de segundo grau. Aí antes que o pai dele dissesse alguma coisa, ele já emendou que a minha única função seria a de animar os finais de semana na varanda. Ganhou o velho na história aí! “E você aprende?”, indagou por cima. E aprendeu. Afrísio, sozinho, desvendou minhas notas, mas se aperfeiçoou com os professores Zé Maraba e o início de tudo: o Sabino. Quando o pai estava na sala de janta, ele ia tocar na varanda e vice-versa pra num fazer zuada, porque ninguém suporta ouvir quem está aprendendo. É uma agonia!

Depois das rodas de cantoria na fazenda, quando ele e os filhos dos moradores largavam do serviço (se criaram tudo junto!), vieram os casamentos, os aniversários, os batizados, as vaquejadas, os comícios… Não parávamos em casa. Levantamos e derrubamos um punhado de políticos no toque e no verso! Afrísio se entocava dentro de um jipe comigo, mais um gravador, duas cornetas, um microfone e ganhávamos o interior de mandiocada, festa, fazenda, por todo canto passávamos fazendo a campanha. Quando terminava, o cara estava eleito. E nosso troco era a ingratidão! Toda vida foi assim: a gente trabalha, dá o sangue pelo político e no final pode esperar a migalha como recompensa.

Mas eu sempre fui a sina dele, onde quer que eu pudesse estar. O pai de Afrísio não precisava de um filho tocando forró em canto nenhum. Tinha muito gado, porco, cavalo, ovelha… Terra. Ele emprestava dinheiro aos amigos que estavam aperriados. Financiava os moradores, os agricultores. O pai do Afrísio era bem dizer um Banco na região! E a mãe dele era melhor ainda. Se chegasse alguém lá em casa, só saia depois que almoçasse com eles. A mesa das refeições era grande que só a gota e tão maior era o coração de alegria ao ver o povo almoçando/tomando café mais eles. Era tudo fartura, graças a Deus! Até professora particular os meninos tinham. Depois Afrísio foi pro colégio, pra cidade, e estudou o 2º ano primário, que naquele tempo valia por uma faculdade toda!

Mestre Afrísio é radialista, mas também já foi presidente da câmara dos vereadores de Campo Grande duas vezes. A casa da gente parecia um hospital a serviço do povo. Nessa época, ele acabou com metade dos bens que tinha. Pensou em desistir da política, mas o povo não deixou. Passou mais quatro anos e aí até as sobras minguaram. Sobre esse assunto, não me alongo muito, não. Dá até desgosto de tocar. Mas Deus está dando tudo em dobro a ele de novo!

Faz graça lembrar que ele pensava que o artista quando gravava um disco nunca mais haveria de saber o que era pobreza. Tolo! Mas ele até que tinha razão, porque a venda do disco ia lhe dar dinheiro e o dinheiro lhe daria uma vida melhor. Mas ele, no tempo de menino, já tinha o suficiente: gado, cavalo bom. Quer dizer, ele não tinha o mais importante: a música, a poesia e isso posso afirmar com cada acorde do meu ser inanimado. Afrísio, apesar das fissuras de ter me escolhido, é feliz, como jamais seria se não tivesse escutado o toque do seu coração-acordeon.

Todo o suor, tantas vezes lacrimal, em busca de valorização e de reconhecimento é por ele e pelos amigos sanfoneiros sofridos e humilhados, porque dependem de alguém que tenha o poder na mão e mais que isso: a capacidade de enxergar que cultura é o novo, mas também é raiz, é tradição e aquilo que foge do auge, do alcance e do gosto particular.

Dói em cada verso o sofrimento dos artistas pé-de-serra. Eu sei que não vai acabar nunca, porque o dirmantelo do mundo ninguém acaba. Mas tudo vale a pena por amor à cultura e ao ombro de Dona Alcina, que o acompanha, inclusive no canto!, sempre que pode e, principalmente, aos domingos quando vão desfrutar os menus de churrascaria.

Deus me defenda deles desaparecerem desse mundo nem tão cedo, apesar de eu saber que cada um tem o seu dia de virar poeira! Na vida tudo é ilusão, nós vivemos nas carreiras. E como uma vez disse Josa, Vaqueiro do Sertão, eu também “quero chegar ao fim lá na sombra da jaqueira”, no aconchego do último acorde de quem me tocou a vida inteira.